
El disfraz con el que vivimos
El ego no es un enemigo invisible que aparece de la nada. Es una construcción: la máscara que usamos para sobrevivir, para mostrarnos fuertes, admirables, seguros. Todos lo tenemos, porque todos necesitamos un “yo” con el que movernos en el mundo.
El problema surge cuando olvidamos que es un disfraz y creemos que somos solo ese personaje.
El ego que impulsa: crecer para no volver a ser “nada”
Hay egos que parecen héroes. Te empujan a estudiar más, a ganar más dinero, a lograr metas que nunca imaginaste. Te convencen de que sin ellos seguirías siendo ese niño inseguro, invisible, débil.
Ese tipo de ego puede llevarte a niveles impresionantes de éxito. Pero el precio oculto es alto:
- Te vuelves esclavo de la aprobación.
- Pierdes el contacto con la sencillez de disfrutar.
- Tus relaciones se convierten en escenarios donde el ego necesita ser validado.
Como en la película El Club de la Lucha, el personaje crea un alter ego para sentirse vivo. Al principio le da poder, luego descubre que también lo está devorando.
El ego que frena: el miedo disfrazado
En el otro extremo está el ego que no impulsa, sino que encierra. Es el ego que te susurra: “mejor no intentes, porque si fracasas se van a reír de ti”. O el que compara constantemente: “mira cómo los demás van más lejos”.
Este ego no busca conquistar el mundo, busca protegerte del dolor a cualquier precio. El resultado es la parálisis: sueños que nunca se intentan, talentos escondidos, relaciones rotas antes de empezar.
Cómo el ego destruye lo que amamos
Tanto el ego que crece sin límites como el que no avanza comparten un punto en común: acaban desconectándonos de nosotros mismos y de los demás.
- Agradecerle lo que nos dio: protección, impulso, logros.
- Detectar cuando toma el volante y nos desconecta de lo humano.
- Volver una y otra vez al centro: la autenticidad, la vulnerabilidad, el amor sin máscaras.
La psicología transpersonal lo explica así: el ego es un paso en el camino, pero no el destino. El verdadero crecimiento llega cuando puedes usarlo como herramienta, sin convertirte en su prisionero.
Cierre
El ego puede llevarte a levantar imperios o puede dejarte atrapado en un cuarto oscuro. En ambos casos, si no lo miras de frente, terminará gobernando tu vida y dañando tus vínculos más valiosos.
El reto no es vivir sin ego.
El reto es recordar que somos mucho más que ese personaje.
Y cuando lo logramos, volvemos a habitar un espacio más libre, más humano y más auténtico.


