
Más allá de los ojos y el color de piel
Cuando pensamos en lo que heredamos de nuestra familia, solemos imaginar rasgos visibles: los ojos de la abuela, la sonrisa del padre, el cabello de la madre. Pero la ciencia está descubriendo algo inquietante y fascinante a la vez: no solo heredamos lo que se ve, también podemos recibir huellas invisibles de lo que ellos vivieron.
Dolores, miedos, duelos no resueltos.
Los traumas pueden viajar en silencio de una generación a otra, como cartas cerradas que el tiempo no logra destruir.
La herencia invisible
En los últimos años, la epigenética ha demostrado que las experiencias intensas no siempre cambian nuestro ADN, pero sí la forma en que ese ADN se “enciende” o “apaga”. Es como si la partitura fuera la misma, pero la orquesta tocara distinta según la historia vivida.
Un trauma puede dejar marcas químicas en los genes que regulan el estrés y las emociones. Y esas marcas, sorprendentemente, pueden transmitirse a hijos y nietos (Yehuda & Lehrner, 2018).
Historias de dolor que viajan
- Sobrevivientes del Holocausto: investigadores hallaron que sus hijos presentaban modificaciones epigenéticas en los genes que regulan el cortisol, la hormona del estrés. No vivieron el horror directamente, pero su biología llevaba la huella de la angustia de sus padres (Yehuda et al., 2016).
- Refugiados sirios: un estudio reciente mostró que marcadores epigenéticos asociados al trauma podían detectarse hasta en tres generaciones posteriores (Bowers et al., 2025).
- Experimentos con ratones: cuando se expuso a ratones al olor de la acetofenona asociado a descargas eléctricas, sus crías mostraron miedo al mismo olor sin haber vivido la experiencia. La huella se transmitió biológicamente (Dias & Ressler, 2014).
¿Cómo se siente heredar un trauma?
No es un recuerdo consciente. No puedes relatar la escena como si hubieras estado ahí. Es más sutil:
- Un miedo desproporcionado a perderlo todo, aunque nunca hayas pasado hambre.
- Una tristeza profunda que no entiendes de dónde viene.
- Una ansiedad que aparece en momentos que no parecen justificarla.
Es como si llevaras dentro un eco antiguo, un susurro de experiencias que no son tuyas, pero viven en ti.
No estamos condenados
La noticia esperanzadora es esta: heredar una huella no significa repetir el destino. La epigenética también ha demostrado que esas marcas pueden modificarse con nuevas experiencias, relaciones seguras y entornos más amables.
El trauma puede viajar, sí, pero también puede transformarse. Cada acto de consciencia, cada terapia, cada ritual de sanación familiar es una forma de decirle al pasado: “Aquí se detiene, aquí se reescribe”.
Caminos de liberación
- Nombrar lo innombrable
Hablar de las historias familiares silenciadas, aunque duela, rompe el ciclo del secreto. - Trabajo terapéutico
Terapias centradas en trauma, constelaciones familiares, escritura expresiva: todas ayudan a que lo implícito se vuelva consciente. - Cuidado corporal
El trauma no solo se recuerda con palabras, también con músculos tensos, respiración entrecortada, insomnio. Atender al cuerpo es atender a la herencia. - Actos simbólicos
Escribir una carta a un ancestro, plantar un árbol en honor a lo perdido, encender una vela. Pequeños gestos que dan cierre a lo que nunca lo tuvo.
El regalo oculto
Aunque pueda parecer una condena, heredar un trauma también es heredar la posibilidad de sanar la historia. Tal vez no elegimos lo que recibimos, pero sí podemos elegir cómo transformarlo.
En ti puede terminar un eco de guerra, de hambre, de abandono.
En ti también puede comenzar una nueva melodía de calma, abundancia y amor.


